En la mañana del 2 de agosto de 2026 en la Catedral de La Rioja se dio gracias por la entrega martirial de Monseñor Enrique Angelelli. La misa fue presidida por el obispo local, Monseñor Braida y la Homilía estuvo a cargo del Obispo de San Juan, Monseñor Jorge Lozano.

Concelebraron obispos y sacerdotes que participaron de la celebración del día 1 de agosto en Punta de Los Llanos, entre ellos el Padre Pierre de la misma diócesis de la que provino Gabriel Longueville, un sacerdote enviado de la diócesis a la cual pertenece el pueblo de donde emigraron los padres de Angelelli; también laicos procedentes de diferentes partes del país, de la Parroquia Beato Angelelli de Buenos Aires, de las Comunidades Eclesiales de Base y otros organismos. La presencia destacada fue la de dos sobrinas de Monseñor Angelelli.
Fue una emotiva celebración que terminó con la oración por la canonización de los 4 mártires riojanos frente a la Tumba del Obispo Angelelli.
Homilía de Monseñor Lozano
Cada vez que ingresamos a este Templo Catedral de San Nicolás de Bari, cierro los ojos e intento hacer consciente una realidad. Estamos pisando el mismo suelo y respirando el mismo aire que nuestros cuatro mártires. Aquí ellos han compartido alguna misa Crismal, han rezado juntos en el Tinkunaco, han escuchado la misma Palabra de Dios acogiendo en el corazón los gemidos de su tiempo.
Hoy esa Palabra vuelve a ser proclamada para iluminar nuestro peregrinar en la fe.
“Denles de comer ustedes mismos” la indicación de Jesús la podemos entender como el llamado a ser sujetos que se arremanguen para dar alimentos. Los Apóstoles comprenden la consigna, y plantean la dificultad “No tenemos más que cinco panes y dos pescados”, porque entienden que tienen que entregar todo lo que tienen como “reserva”. Jesús los desinstala e incomoda, los empuja a dejar sus seguridades.
“Denles de comer ustedes mismos” también podemos entenderlo como llamado a ser ellos mismos el alimento a entregar. Denseustedes mismos como alimento de la multitud hambrienta.
Nuestro querido obispo Beato, sucesor de aquellos Apóstoles, también acogió este llamado a ser entregado como alimento de la multitud hambrienta. Llevaba grabado en el corazón “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo”.
Él fue llamado a ser pan partido y entregado para la vida de los demás. Alimentarnos de la mesa del Señor nos obliga a trabajar por un mundo más justo y fraterno. La comunión eucarística no queda relegada a un momento de piedad individual. Es alimento de la comunidad para ser germen de un mundo nuevo.
En un poema Angelelli destaca con belleza esta dimensión comunitaria del pan: “El pan que en el horno florece…/ ¡Es para todos, amigos!/ Nadie se sienta más hombre, / la vida se vive en el pueblo”.
Y el 1 de mayo de 1975 predicaba: “Se hace muy doloroso ganar el pan de cada día; nos cuesta arrancar del corazón el egoísmo para hacernos plenamente hermanos; nos cuesta mucho poder sumar todas las manos, como pueblo, para construir juntos esta tierra de bendición”.
En el momento de la molienda del trigo se trabaja para muchas personas y muchos panes. Nadie muele “lo que va a consumir”, o para dos o tres panes. Ni tampoco se enciende el horno en el patio de la casa para calentar un par de tostadas. El pan casero se prepara para la familia, para los invitados a casa. Se parte y reparte.
El Papa León XIV en su Encíclica Magnífica Humanitas nos dice que “la historia puede cambiar cuando al menos un solo hombre o una sola mujer se toma realmente en serio la dignidad de todos”, y menciona a Martin Luther King Jr., Nelson Mandela entre otros. (MH 124)
Y a continuación expresa que “Junto a estos signos públicos, existe una trama más discreta pero decisiva: las comunidades religiosas que eligen lugares pobres y peligrosos; los mártires de la fraternidad y de la justicia como san Maximiliano María Kolbe, san Óscar Romero y el beato Enrique Angelelli, junto con testigos que han encarnado, en condiciones duras y a menudo inhumanas, la esperanza del Evangelio y la dignidad del hombre” (MH 125)
A nuestro beato lo presenta entre los “mártires de la fraternidad y la justicia”, junto a dos grandes santos. Nos debe llenar de alegría esta deferencia del Papa.
Jesús mismo se entregó como alimento de vida, pan para la vida del mundo.
En otro poema Angelelli expresa con belleza y hondura que el hombre es “Mezcla de tierra y de cielo, /proyecto de humano y divino (…)/ Es barro que busca la Vida (…)”. (El hombre proyecto de Pueblo) Hacemos memoria agradecida de la Pascua riojana. Hace 50 años vivimos en la Argentina tiempos oscuros y dolorosos, que pudimos atravesar con vidas luminosas. Fue un tiempo martirial para nuestra Iglesia. Sangre derramada, sudor del trabajo, lágrimas por el dolor de la persecución, mezclados con nuestro barro frágil nos fueron dando forma para caminar con la vida del Espíritu Santo.
Renovados en la esperanza, nosotros, “de acuerdo con la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia” (2 Pedro 3, 13)
“Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?” (Romanos 8, 35). Nada ni nadie podrá separarnos jamás del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.
¡Amén!












