HOMILÍA EN LA CELEBRACIÓN DE LOS CINCUENTA AÑOS DEL
MARTIRIO DE MONS. ENRIQUE ANGELELLI
Punta de los Llanos, La Rioja – 1° de agosto de 2026
Queridos hermanos,
Celebramos los cincuenta años del martirio de Mons. Enrique Angelelli. Llegamos precedidos por la celebración litúrgica de los beatos mártires riojanos el pasado 17 de julio, y por la evocación martirial de los padres Carlos Murias y Gabriel Longueville, y Wenceslao Pedernera en Chamical y Sañogasta. Eran los duros tiempos en que el terrorismo de estado tronchó sus vidas queriendo acallar la voz de Dios y la fuerza imparable de su Palabra. Cada uno de estos momentos nos ha preparado para llegar a esta celebración de hoy, cincuenta años después que el querido Pelado viviera su vía Crucis hasta llegar al paraje del Pastor y entregar su sangre por su pueblo.
Agradezco a Mons. Dante, la invitación a presidir esta Eucaristía y a compartir con Uds. mi reflexión. Traigo el saludo de los obispos argentinos que renovamos nuestra gratitud a Dios por el testimonio generoso y martirial de Enrique Angelelli.
Hemos venido a celebrar a un pastor, alguien decididamente identificado con Cristo hasta las últimas consecuencias, desde sus primeros pasos ministeriales hasta su gesto supremo final. No podríamos aceptar otra forma de celebrarlo auténticamente que evocando sus palabras y sus gestos de pastor. Toda mirada reductiva de su ser y de su hacer, viniera de quien viniere; cualquier negación de lo aquí sucedido, dejaría fuera de la realidad a quien lo sostenga y lo privaría de ver el bien, la nobleza y generosidad de este pastor que, en nombre de Cristo, solo supo amar hasta el fin.
En la primera lectura, el profeta se dirige a su pueblo. Lo han perdido todo: la tierra, el templo y la monarquía. Su crítica se dirige en primer lugar a los pastores de Israel, los reyes, gobernantes y dirigentes religiosos que no cuidaron al pueblo. En un texto precedente (34,1-10), los ha acusado de apacentarse a sí mismos en lugar de cuidar el rebaño. Pero, además, el Señor expresa su voluntad de salir a buscar Él mismo a sus ovejas. De Él es la iniciativa. Quiere hacerlos descansar de cuanto los agobia e impide su plena realización. De esta manera, las palabras de Ezequiel nos preparan para descubrir en Jesucristo, al Buen Pastor, a quien hemos escuchado en el Evangelio.
Jesús no es cualquier pastor, no es un advenedizo, es el esperado por su pueblo, Aquél que da respuestas al agobio y la soledad de sus hermanos. En Jesús se cumple la promesa de Dios de ser Él mismo el Pastor. El adjetivo bueno va más allá de nuestro uso habitual; en el contexto del evangelio, significa decir “el verdadero”, “el auténtico”, para subrayar lo genuino de su misión.
Esta figura del pastor, tan familiar para el pueblo de Israel, explica muchas veces la relación que tiene con sus líderes o la preocupación de Dios por su pueblo. También la antítesis entre buenos y malos pastores, les recuerda a los israelitas los comportamientos de tantos dirigentes religiosos o políticos que los abandonan en la dificultad, que no se juegan por ellos como el buen Pastor que permanece hasta el fin. También hay una clara referencia a la pertenencia e intimidad que vinculan al pastor legítimo con sus ovejas: Ellas le reconocen la voz que las reúne y conduce. Esta familiaridad entre pastor y ovejas ratifica un liderazgo. Nuestra relación con Jesús, como sus ovejas, nos habla de una relación profunda, de pertenencia recíproca que excluye todo cuanto supone engaño, abuso, ventaja o utilización. El buen pastor ama a sus ovejas y da su vida por ellas. No es cualquier pertenencia, no es cualquier intimidad. En las palabras de Jesús, se fundan en la referencia a su propia relación con el Padre.
Esta Palabra hoy acogida por nosotros, ilumina nuestra comprensión de la vida y el ministerio de Enrique Angelelli, pastor según el corazón de Cristo. Quienes hemos puesto la mano en el arado en esta bendita tierra riojana, bien sabemos la profunda significación de su figura, del impacto de sus enseñanzas destinadas a concretarse en la vida cotidiana de un pueblo afligido por la postergación y el olvido, y en la profunda renovación de su Iglesia a partir de las inspiraciones del Concilio Vaticano II.
En palabras del Papa Francisco:
“El beato mártir Enrique Angelelli, obispo de La Rioja, fue y sigue siendo un don del Señor para la Iglesia en Argentina. Un hombre de gran libertad y de gran amor por cada persona: amigo o adversario, hermano o enemigo. Un obispo verdaderamente católico, porque está unido a la Iglesia universal en la escucha y en la obediencia filial al Papa y en su compromiso tenaz de implementar en su diócesis las indicaciones y los impulsos del Concilio Ecuménico Vaticano II (…) Al mismo tiempo, a pesar de los peligros y de la creciente hostilidad de sus adversarios, a pesar de los miedos y las amenazas, cumple el mandato de ser pastor del rebaño de la Iglesia. Un rebaño que, sin embargo, no está destinado a encerrarse en la sacristía sino a difundir el amor de Dios, acogido y celebrado en los sacramentos, en la vida ordinaria del trabajo, de la familia, de las asociaciones, de la solidaridad. No creo que Angelelli fuera un héroe, sino un verdadero mártir (y así lo ha reconocido la Iglesia). El mártir testimonia que, si el corazón y la mente están en Dios, en él siempre surgen actitudes: el amor sincero hacia todos y el rechazo de toda explotación y atajo para el propio interés o para una vida tranquila, si están en juego los derechos y la vida de los más débiles, los marginados, los que -digamos hoy- están en la periferia.” (Francisco, Prólogo al libro En escucha de Dios y de su pueblo)
Su propia conciencia de la responsabilidad ante Dios y su pueblo lo llevó a ejercer su misión en todos los espacios que requerían la presencia del buen Pastor. Como decía la segunda lectura que escuchamos: “El que tiene el don del ministerio, que sirva. El que tiene el don de enseñar, que enseñe. El que tiene el don de exhortación, que exhorte (…) El que preside la comunidad, que lo haga con solicitud.” Así fue en las visitas pastorales a lo largo de todo el territorio diocesano, en las homilías dominicales trasmitidas radialmente; en los reuniones pastorales, con sacerdotes, con laicos, con religiosos y religiosas; en los encuentros y diálogos personales; en sus propuestas de traducir la Doctrina social de la Iglesia en participación de los cristianos, cooperación entre los trabajadores rurales y en el ejercicio servicial de la función pública y en su actuación colegial en la Conferencia episcopal argentina donde hizo presente la vida y las necesidades de su pueblo y señaló además caminos de fidelidad a los designios de Dios para su Iglesia.
“Monseñor Angelelli y sus homilías (…) pueden ser también fuente de inspiración y crecimiento en el discernimiento evangélico de los desafíos y situaciones que cada uno de nosotros está llamado a vivir en la Iglesia y en la vida profesional y familiar. Monseñor Enrique fue también pastor de los sencillos: valoró la piedad popular (vinculada a lugares, tiempos, fiestas de esa tierra y de ese pueblo) para alentar la adhesión del pueblo -en unidad y solidaridad- a Cristo y a la Madre Iglesia. Su predicación fue verdaderamente popular dirigida a todos y accesible a todos: anclada también en las circunstancias concretas de la vida social para mostrar que el Evangelio no es una idea y la fe no es una creencia. La fe en Cristo, de hecho, es la aceptación de una relación que nos cambia en nuestro corazón, en nuestra mente y en la manera en que nos miramos a nosotros mismos y a los demás.” (Francisco, Prólogo)
¿Qué tiene para decirnos hoy Enrique Angelelli, pastor de tierra adentro? Seguramente nos invitaría a los cristianos a recoger el guante de la propuesta de Jesús de ser sal de la tierra y luz del mundo, capaces de interpelar con nuestra vida y nuestra palabra todo cuanto ofende la dignidad de las personas, desconoce el sufrimiento de los pobres e invisibiliza las situaciones más dramáticas de la vida. Lejos de cualquier retórica que mira de lejos la realidad, nos pediría el compromiso de transformar la sociedad en un espacio más justo y más fraterno. Enfrentaría la pretensión de reducir a las personas a un algoritmo de consumo y de sumisión a los dictados de los grandes intereses económicos. Cuestionaría los grandes discursos vacíos de cualquier signo político que dejaran afuera a la persona y sus derechos. En palabras del papa León:
“Son las personas concretas las que cuentan, cada una de ellas y sus familias. Los movimientos sociales, las grandes proclamas políticas en favor del pueblo y las ideologías comunitarias no sirven para nada si no están orientadas a la promoción de las personas —hombres y mujeres— con sus derechos inalienables. Del mismo modo, no basta con exaltar la libertad individual o la iniciativa privada, si después se acepta que una multitud de personas siga viviendo sin un trabajo digno, sin tutelas y sin acceso a los bienes fundamentales.” (Papa León, Magnifica Humanitas n. 58)
Como he compartido con Uds. en otras oportunidades, nunca hubo tiempos fáciles para la Iglesia; siempre la prueba martirial rubricaría la fidelidad de los discípulos para permanecer en el amor y el desafío de perseverar en el seguimiento de las enseñanzas de Jesús, para permanecer en el Padre, como el mismo Señor nos lo había puesto de manifiesto. Mons. Angelelli con su entrega final nos invita a un amor grande que da la vida, fiel al Señor y a los hermanos. Junto a Carlos, Gabriel y Wenceslao siguen iluminando nuestra vida eclesial en nombre de Cristo y alentando nuestro seguimiento confiado de Aquel que nos amó primero.
Que Jesús Buen Pastor siga animando la vida de la Iglesia en La Rioja y en Argentina, y que San Nicolás y los beatos mártires riojanos intercedan por nosotros.
Monseñor Marcelo Colombo
Arzobispo de Mendoza, Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina












