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«El intento de callarlo fue imposible»: Testimonios vivos que mantienen encendida la memoria y la fe en el legado de Wenceslao

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La santidad no se improvisa ni nace en la abstracción; se gesta en la cotidianidad de un hogar, al calor de un fuego encendido en el invierno, en la escucha atenta de la Palabra de Dios y en el trabajo con las manos en la tierra. Tras la histórica jornada de conmemoración en Sañogasta, las voces de quienes compartieron la vida con el beato Wenceslao Pedernera o crecieron bajo el cobijo de su testimonio revelan que el martirio fue la consecuencia de una vida entregada por amor al prójimo.

Antes que la primicia o el dato periodístico, el relato de quienes lo conocieron se convierte en una herramienta viva de evangelización que demuestra cómo la fe es capaz de transformar el dolor en resurrección y esperanza.

Con 83 años y una vida entera dedicada a la evangelización en San Miguel y Chilecito, María Epifanía Illanes —conocida cariñosamente como «Reina» o «Betty»— recuerda con nitidez los años en que venía a preparar los encuentros de catequesis a la capilla Sagrado Corazón de Sañogasta.

“Él estaba trabajando como un obrero, con su ropa de trabajo, construyendo las paredes de piedra. Cuando veníamos a preparar los encuentros en el invierno, Wenceslao nos tenía la fogatita hecha en el comedor. Se sentaba a charlar con nosotros alrededor del fuego con la Biblia en la mano. Betty Aguilera, que era la presidenta de la catequesis, me decía: ‘¡Este hombre sabe mucho más que nosotros, tiene que ser catequista!’. Pero él era humilde, sencillo y dado; nos hablaba de la Biblia y de la vida, de cómo estaba organizando las cooperativas porque quería que la gente viviera con dignidad, que no le faltara el trabajo ni el pan”.

Al recordar el trágico desenlace de 1976, Reina evoca el sufrimiento, pero también el consuelo de la fe: “Sufrí muchísimo porque todos lo vimos, todos los que estuvimos cerca sabíamos que era un mártir. En aquel tiempo nos reuníamos a escondidas porque estábamos perseguidos, y a mí me costó perder mi trabajo por estar vinculada a la Iglesia. Pero hoy, a 50 años, siento una alegría muy grande; es una felicidad enorme y un regalo de Dios tener un santo entre nosotros”.

La intercesión en la familia: “Puse mi fe en él y sacó adelante a mi sobrino”

Desde San Luis, provincia natal de Pedernera, viajaron sus familiares más cercanos para unirse a la oración de la comunidad riojana. Su sobrina, Viviana Pedernera, compartió la experiencia de fe que la motivó a peregrinar hasta el sitio donde su tío dio la vida:

“A mí me contaban que trabajaba en el campo, que se vino a vivir a La Rioja, que era muy bueno y que se dedicó por entero a la Iglesia. En la familia tuvimos una situación difícil con un sobrino que estaba con un problema de salud; yo me invoqué a él, puse mi fe en mi tío Wenceslao y lo sacó adelante. Por eso estoy hoy aquí, en un momento de profunda gratitud. Es muy bonito ver cómo la gente lo quiere y lo venera tanto”.

Por su parte, Mariano Pedernera, hermano de Wenceslao («Chacho», como lo llaman en la intimidad familiar), expresó la mezcla de emociones que atraviesa su corazón ante esta fecha: «Siento las dos cosas: por un lado, el dolor por el asesinato de mi hermano; pero, por otro lado, una gran alegría al ver cómo lo celebran, verlo consagrado en la verdad y reencontrarme con Coca y mis sobrinas».

Daniel Torres Pedernera: “El intento de callarlo fue imposible; es un logro de la justicia divina”

Daniel es nieto de Wenceslao y Coca. Aunque no llegó a conocer físicamente a su abuelo, creció reconstruyendo su figura a través del relato de su abuela, las entrevistas y los diarios, en un hogar donde el dolor inicial impuso años de prudencia y silencio.

“Ser nieto de un beato es algo muy grande que todavía no termino de dimensionar, pero me siento profundamente privilegiado. Lo que intentó hacer el terrorismo de Estado, que era callar su voz, fue imposible. Porque donde está él hoy con sus compañeros beatos es un gran logro de la justicia divina. Su vida nos enseña lo que era la vida comunitaria: él no buscaba el individualismo de hoy, donde cada uno se arregla como puede, sino el bien social. Si alguien estaba enfermo en el pueblo, él salía en su camionetita a auxiliarlo y trasladarlo. De hecho, esa misma actitud de servicio fue la trampa que le tendieron cuando lo fueron a buscar a la madrugada”.

Al reflexionar sobre el rol de su abuela Coca tras el martirio, Daniel destaca la fortaleza del amor familiar alimentado por la fe: “Mi abuela es un pilar. Tuvo que remontar sola la familia, hacer tortas para vender y criar a sus tres hijas, pero nunca perdió la esencia de la solidaridad. En su casa siempre había un plato de comida para los vecinos o los niños que no tenían. Ella sigue viviendo en el mismo lugar y de la misma forma”.

Finalmente, al ser consultado sobre qué mensaje dejaría su abuelo a la sociedad actual, el nieto del beato concluye con un llamado a la conversión del corazón:

“Me gustaría que tomemos el ejemplo de ellos para que no se pierda la esencia y cambie la sociedad de hoy, donde hay mucho odio y rencor. La gente a veces está expectante en la calle para pelearse. Lo que la abuela y mi abuelo siempre nos enseñaron es que no hay que odiar, hay que perdonar. Que aprendamos de ellos a perdonar y a vivir más unidos”.