El 11 de mayo de 2026 celebramos que hace 200 años, en un hogar sencillo de Piedra Blanca, Catamarca, nació Mamerto, el hombre que pondría palabras al alma de una Nación. Celebramos ese día. Celebramos la hora de su nacimiento. Celebramos la fe de su madre, que lo dio a luz y lo entregó al mundo.
El Acto Principal fue en Piedra Blanca con una misa celebrada por el pueblo y presidida por el Cardenal Ángel Rossi y por los Obispos de la región NOA.
Mamerto Esquiú ingresó al noviciado del convento franciscano catamarqueño el 31 de mayo de 1836, y al cumplir 22 años se ordenó sacerdote, celebrando su primera misa el 15 de mayo de 1849. Si bien se destacó como sacerdote y obispo, tuvo una prolífera obra como periodista y promotor de la democracia en la Patria naciente.
Esquiú pronunció su discurso más conocido, favorable a la jura de la Constitución, conocido como Sermón de la Constitución: recordó la historia de desuniones y de guerras civiles, y se felicitó por la sanción de una Constitución que traería nuevamente la paz interna. Pero para que esa paz durara, era necesario que el texto de la Constitución quedara fijo e inmutable por un largo tiempo, que no fuera discutida por cada ciudadano, que no se le hiciera oposición por causas menores, y que el pueblo argentino se sometiera al poder de la ley:
«Obedeced, señores, sin sumisión no hay ley; sin ley no hay patria, no hay verdadera libertad, existen sólo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra…»
Su vida sigue siendo una fuente viva de luz y de gracia de Dios. Un fraile, un pastor, un hermano que nos sigue hablando desde la eternidad.Doscientos años no apagan su llama. Y esta noche el cielo mismo pareció encenderse sobre su figura para recordárnoslo
El Papa León envió una carta para este acontecimiento en donde expresa «Que su testimonio de entrega y santidad continúe brillando entre ustedes»
Texto del mensaje
Me uno con alegría al Año Jubilar que celebran con ocasión del Bicentenario del nacimiento del beato Mamerto Esquiú; religioso franciscano, misionero y obispo durante el pontificado de mi predecesor León XIII, que dejó una huella luminosa y fecunda en la Iglesia y en la sociedad de su tiempo.
Fray Mamerto de la Ascensión Esquiú supo glorificar a Dios con sus buenas obras y, aun en medio de tinieblas y dificultades que amenazaban con apagar su brillo, nunca escondió la luz que gratuitamente había recibido (cf. Mt 5, 14-16). Quisiera, por medio de estas líneas, que su testimonio de entrega y santidad continúe brillando entre ustedes y los impulse a ser, como él, lámparas vivas en el hoy de la historia, sin que nada pueda oscurecer la fe, la esperanza y la caridad que habita en nuestros corazones por obra del Espíritu Santo (cf. Rm 5,5; Ef 3,17).
El beato Esquiú nos enseña a vivir la comunión y la misión evangelizadora de manera concreta, con gestos y obras de bien. Su celo apostólico lo llevó a construir puentes de diálogo y colaboración no sólo a nivel eclesial, sino también social, político y cultural. Con una destacada presencia en el ámbito educativo y periodístico, fue un ciudadano comprometido con su país, que participó activamente en momentos claves de la historia argentina, trabajando siempre en favor de la unidad y del bien común.
Su ejemplo también nos invita a ir más allá de las fronteras. Nuestro beato partía de la contemplación de los misterios del Señor, para luego ofrecerse con caridad y humildad a los demás. Como religioso misionero, no escatimó en generosidad y sacrificios a fin de que el Evangelio llegara hasta los confines de la tierra, siendo consuelo y cercanía de Dios para los más alejados y necesitados en Bolivia, Perú y Ecuador. Asimismo, tuvo la oportunidad de peregrinar a Roma y Tierra Santa. Sus escritos llegan hoy hasta nosotros como un valioso legado que revela las profundas experiencias de su corazón ardiente e inquieto.
Me gustaría mencionar, por último, el anhelo de fray Esquiú por la paz, que animó su incansable labor para instaurarla. A este respecto, decía el Papa Francisco: “A esos que se ocupan de sembrar paz en todas partes, Jesús les hace una promesa hermosa: ‘Ellos serán llamados hijos de Dios’ (Mt 5,9)” (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 88). Queridos hermanos y hermanas, que la llamada a trabajar por la paz, a la que el beato catamarqueño supo responder en su tiempo y con determinación y valentía, también resuene hoy con fuerza en ustedes y se traduzca en gestos concretos de amor y reconciliación.
Encomendando este tiempo de gracia a la intercesión de Nuestra Señora del Valle, a quien fray Esquiú recurría con plena confianza y afecto filial, e implorando su amparo maternal para ustedes y sus familias, los bendigo de corazón.
Vaticano, 6 de febrero de 2026
Papa León XIV
Oficina de Prensa del Obispado – Diócesis de Catamarca – 11 de mayo de 2026