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Homilía de Mons. Dante Braida- Celebración por los 50 años del martirio de Enrique Angelelli

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FIESTA BEATOS MÁRTIRES RIOJANOS

ENRIQUE ANGELELLI, CARLOS DE DIOS MURIAS, GABRIEL LONGUEVILLE Y WENCESLAO PEDERNERA

Homilía de Mons. Dante Braida en Catedral de La Rioja, 04-08-2026

Dante Braida

1- Querida comunidad aquí reunida y hermanos que nos siguen por la televisión y redes sociales:

Damos gracias a Dios por este día, por estar reunidos en esta celebración eucarística para celebrar la vida de nuestros Beatos Mártires: Enrique, Carlos, Gabriel y Wenceslao al conmemorar los 50 años de sus martirios. Damos gracias por la presencia de varios de sus familiares. Damos gracias por la presencia de distintas comunidades de la diócesis y de otros puntos del país. Gracias, particularmente a los obispos del NOA, trayendo la presencia de sus diócesis. Damos gracias a los que han mantenido viva la memoria durante estos 50 años desde la pastoral de la Iglesia como de otras organizaciones sociales. La marcha de esta tarde fue una expresión de ese caminar juntos distintas organizaciones recibiendo la luz del legado de nuestros mártires buscando responder a los desafíos actuales.

Hacer memoria del martirio es también hacer memoria de nuestra historia atravesada por numerosos conflictos y enfrentamientos que dejaron muchas heridas y muertes. El golpe de Estado de 1976 en la Argentina inauguró una de las etapas más oscuras de la historia nacional. En este marco, varios miembros de la Iglesia Católica fueron blanco de una persecución sistemática, especialmente aquellos sectores vinculados al compromiso social y a la presencia entre los pobres. A cinco décadas de los hechos violentos que marcaron a comunidades concretas como San Patricio en Buenos Aires y la iglesia diocesana de La Rioja, queremos que esa página de la historia nunca más se vuelva a repetir. Por eso pidamos hoy especialmente a Dios por intercesión de los mártires por nuestra sociedad argentina, para que crezcamos en la unidad que lleve a superar todo tipo de conflictos, que nos animemos al encuentro, al diálogo sincero y a la reconciliación para propiciar juntos un desarrollo sostenido y sustentable que beneficie a todos sus habitantes.

2- Nos dice Jesús en la primera bienaventuranza: “Felices los que tienen el alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”. El camino del Evangelio es un camino para la felicidad. Felicidad que es un don de Dios que hay que recibir cada día con un corazón humilde y necesitado, necesitado de Dios y de los demás venciendo todo tipo de autosuficiencia. Decía monseñor Angelelli “el que tiene alma de pobre es sencillo, extremadamente delicado; en constante tensión ante el mundo y hacia los otros, para descubrir distintas maneras de servicio, desde una sonrisa hasta entregar la vida por un amigo.” En cambio, decía: “El autosuficiente, el que cree ser dueño de la vida, de las cosas, de sus semejantes, pretende que los planes de Dios coincidan con los suyos; dominador de las cosas y de los hombres, pretende tenerlo a Dios a su disposición. (homilía 27 junio de 1971)

Otra bienaventuranza nos dice: Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.”

Practicar la justicia implica que todas las personas puedan crecer y desarrollarse con dignidad. Dios quiere la felicidad de todos, todos, todos, por tanto, la felicidad llega al corazón cuando nos abrimos más a Dios y cuando vemos la realidad como Él la ve, y cuando trabajamos para que todos sus hijos puedan nacer y crecer y ser felices. Esto implica trabajar para que desaparezcan todas las injusticias que generan entre nosotros, celos, división, indiferencia y diferencias sociales.

3- Hoy estamos abocados en profundizar la dimensión sinodal de la Iglesia para que ella continúe su camino de renovación siguiendo los pasos de Jesús y las orientaciones del Concilio Vaticano II. Una Iglesia que ayuda a que cada uno de sus integrantes viva integrado poniendo en común sus propios talentos y participe activamente de su pastoral con espíritu misionero. Sabemos que la sinodalidad es una obra del Espíritu Santo en cada bautizado y en cada comunidad. Por tanto, requiere una apertura permanente y cada vez mayor Dios, a su Palabra, a su Gracia y una disposición permanente a caminar con otros fraternalmente. Mons. Angelelli hablaba constantemente de que todos somos corresponsables de la misión de la Iglesia y que ella está en el mundo para el servicio de la humanidad, de modo preferencial a los más pobres y quienes viven en las periferias.

La pobreza en la que viven hermanos nuestros por falta de trabajo u oportunidades no es normal. Por eso una iglesia que, como enseña el Concilio Vaticano II, se reconoce servidora de la humanidad es una Iglesia que identifica esas situaciones de marginalidad y pone sus mejores esfuerzos en erradicarlas, caminando junto a toda persona e institución que trabaja para contribuir al bien común, al bien de una sociedad. Una escuela, un centro de salud, un hogar de ancianos, una empresa con responsabilidad social, un centro vecinal, tienen que ser parte de una red buena que contribuya al crecimiento de todos y luche contra todo tipo de injusticia.

4- Para ser artífices de una iglesia sinodal y misionera y de una sociedad mejor, más justa e inclusiva necesitamos crecer en dos aspectos fundamentales: cultivar la vida interior que me una más a Dios y me permita una conversión profunda; y favorecer la vida fraterna, caminar con otros, también con el que más me cuesta.

a- La vida interior requiere crecer en una vida de oración que nos haga poner cada día la vida y el corazón en Dios, para que él nos sane, transforme y haga desplegar todos nuestros talentos al servicio de los demás y al mismo tempo me abra a transitar un camino de conversión. Conversión que es también un don de Dios que hay que suplicar cada día. Nos decía monseñor Angelelli: “es preciso dar acogida a Dios, que irrumpe en el corazón de cada uno de nosotros para recabar una respuesta que signifique un cambio radical de vida, un corazón nuevo, una vida nueva. Convertirse es ser verdaderamente hermano y artífice de la paz.”

b- La vida fraterna es también un fruto del crecimiento interior y la conversión personal, que afecta todo nuestro ser y es camino de una vida feliz y plena. Continúa monseñor Angelelli: “La conversión toca el interior de cada uno y afecta la inteligencia y el corazón; toca los sentimientos y las actitudes personales, sociales y públicas; toca lo económico, lo social, lo político, lo cultural y lo religioso. Toca el reordenamiento íntegro de nuestra sociedad, de suerte que el hombre sea el centro y señor de las cosas y de todo lo creado. Así podemos sentirnos plenificados en Cristo, como Cristo es plenificado por nuestro Padre Dios, en quien existimos, vivimos y somos personas e hijos. (Homilia 12 de marzo de 1972).

La fraternidad implica perdonar y pedir perdón. Reconocer lo que hay en mí que obstaculiza el vínculo con el otro (celos, envidia, odio…) y animarme a algo nuevo que me lleve a amar y dar lo mejor de mi para el crecimiento de los demás.

Para crecer como una sociedad más justa hace falta la vida fraterna, aprender a caminar con otros. ¡Con cuanta alegría recibimos la primera encíclica del Papa León XIV que nos ayuda a vivir la fe en los tiempos actuales! En ella justamente nos pone de manifiesto la necesidad de instituciones sensibles y sólidas que trabajen para cambiar el mundo, pero también la necesidad de testimonios claros y valientes que atraigan y apuesten por vínculos sanos y fraternos. Allí habla de “los mártires de la fraternidad y de la justicia como san Maximiliano María Kolbe, san Óscar Romero y el beato Enrique Angelelli, y menciona también a los “mártires de lo cotidiano” que curan, educan, acompañan y consuelan discretamente, como los padres de familia, los enfermeros, los médicos, los voluntarios y las personas que están junto a los ancianos o a los excluidos. Su testimonio muestra que el bien no progresa de manera automática, sino que requiere perseverancia, memoria y una conversión que hace capaces de recomenzar incluso después de las derrotas. MH 125.

5- Querida comunidad, siguiendo el testimonio de nuestros beatos mártires, la Iglesia tiene que ser para nosotros lugar de crecimiento en la vida interior: oración y conversión. Al mismo tiempo lugares de crecimiento en la vida fraterna y en el compromiso con el desarrollo de todos los miembros de la sociedad. Necesitamos realizar muchas obras para mejorar y transformar el mundo, pero eso tiene que darse acompañado de un crecimiento interior y fraterno, crecimiento en salidas misioneras y atención a los más pobres como fiel reflejo del Evangelio.

Los Mártires Riojanos son un signo claro que la santidad se vive en la vida cotidiana y en todas las vocaciones y ellas caminando juntas, enriqueciéndose mutuamente y al servicio una de otra.

Que Enrique, Obispo, Carlos, religioso franciscano, Gabriel, sacerdote diocesano y Wenceslao -laico, esposo, padre, obrero rural- nos ayuden a vivir en santidad y a construir comunidades orantes, fraternas y misioneras. Así Sea.