El viernes 6 de marzo de 2026 a las 20:00 hs. en la Catedral San Nicolás de Bari, nuestro Obispo, el Padre Dante ordenará sacerdote al Diácono Fabián Vega Oliva
Conversamos con él sobre su camino para llegar a este momento que en las otras etapas también compartimos en nuestra web.
- ¿Cómo fueron tus años de formación?
Realicé mi formación fuera de La Rioja: cinco años en el Seminario Mayor Nuestra Señora de Loreto y tres años en el Seminario Arquidiocesano Nuestra Señora de Guadalupe y San José.
Salir de mi tierra significó un desafío importante: adaptarme a ciudades nuevas, a ritmos distintos y a convivir con personas que no conocía. Sin embargo, esos cambios se convirtieron en una verdadera escuela de vida. En ambos lugares experimenté una profunda acción de la gracia de Dios.
Fueron años de mucho gozo y plenitud. Como en toda experiencia comunitaria, al principio uno se encuentra con rostros desconocidos, pero con el tiempo se van tejiendo amistades, vínculos fraternos y relaciones que dejan huella. Hubo momentos de gran alegría, pero también tiempos de tristeza, de esfuerzo y de prueba.
En mi memoria quedan guardados muchos recuerdos que forman parte entrañable de esa etapa: las convivencias, los encuentros nacionales y regionales de seminaristas, los beneficios que organizábamos para poder sostenernos, las obras de teatro, los preparativos para las fiestas patronales y las fiestas de la familia. También las evaluaciones de fin de año y aquellas grandes discusiones que, aunque intensas, nos ayudaban a crecer.
Recuerdo los trabajos compartidos en la cocina, las bromas entre compañeros, los momentos de deporte —que, en mi caso, eran más bien una oportunidad para reírme de mí mismo—, y los años en que me tocó desempeñarme como jardinero del seminario. Guardo con especial cariño los rostros de tantos hombres y mujeres que trabajan en el seminario, con quienes fui creando vínculos sencillos y profundos, hechos de respeto, gratitud y cercanía.
Al mirar hacia atrás, reconozco que incluso cuando parecía faltar el entusiasmo, Dios estaba presente. Él acompañaba en el sufrimiento, sostenía en las dificultades y se hacía cercano en medio de mis fragilidades. Fueron años intensos, llenos de gracia, que me ayudaron a crecer humana, espiritual e interiormente, y que hoy recuerdo con profunda gratitud.
- ¿Cómo fuiste madurando tu “sí” a Jesús?
La maduración de mi “sí” fue un proceso lento y profundo. El seminario es un espacio privilegiado para discernir y consolidar la vocación. Allí se integran distintas dimensiones: la humana- afectivo, la espiritual, la intelectual y la pastoral. Todas ellas, en conjunto, ayudan a que aquel primer deseo —que tal vez comienza como una ilusión o una intuición— se transforme en una opción libre, consciente y madura.
Con el paso de los años, el deseo de ser sacerdote dejó de ser solo un anhelo y se convirtió en una decisión sostenida por la confianza en Dios. No se trató simplemente de querer “ser sacerdote”, sino de configurarme con “Cristo Buen Pastor”, y aprender a seguirlo con mayor libertad y entrega.
- ¿Qué dificultades o cruces encontraste?
Las mayores dificultades no fueron externas, sino interiores. Tuvieron que ver con mi propia historia, con mi fragilidad y mis límites. Recuerdo especialmente el año 2018 como un tiempo fuerte de confrontación personal.
Descubrir mis límites fue un momento decisivo. No se trataba de que Dios no estuviera o de que no me llamara, sino de reconocer mis heridas, mis condicionamientos y mis debilidades. Fue un tiempo de purificación y crecimiento. Gracias al acompañamiento de mis formadores, comprendí que la vocación no se apoya en la perfección personal, sino en la gracia de Dios que actúa en nuestra fragilidad.
Hubo momentos en que la enfermedad, el cansancio las pérdidas de seres queridos, o la dificultad me hicieron preguntarme si debía continuar. Pero cada vez que aparecía esa duda, el Señor renovaba su llamado en el silencio del corazón.
- ¿Qué te alienta a seguir a Jesús?
Me alienta, ante todo, saber que Dios siempre ha estado presente en mi vida. Cuando miro mi historia personal y familiar, descubro su mano acompañando cada etapa: en las alegrías y en los dolores.
Jesús camina a nuestro lado, aun cuando no siempre percibimos su voz. Él está. Y esa certeza es mi fuerza. Sin Dios, la vida se vuelve vacía; con Él, incluso el dolor adquiere sentido.
Coincido plenamente con lo que tantas veces ha expresado el Papa León XIV sobre la pobreza: la mayor pobreza es no haber conocido a Dios. Cuando uno lo encuentra, la vida se llena de sentido, de esperanza y de plenitud, aun en medio de la cruz.
- ¿Cómo ha sido tu experiencia pastoral? Momentos importantes
Mi experiencia pastoral ha sido muy diversa y profundamente enriquecedora. He podido servir en la provincia de Córdoba, en San Juan y en mi querida La Rioja, y en cada lugar el Señor me permitió aprender algo nuevo del misterio del sufrimiento, de la esperanza y de la fe del Pueblo de Dios.
En Córdoba, la pastoral de la salud me marcó de un modo especial. Recuerdo a un niño de dos años que atravesaba múltiples cirugías. Lo visitábamos cada sábado y, a pesar de su dolor, no perdía la alegría. Su fortaleza y la entrega incondicional de su madre fueron para mí una verdadera escuela de fe.
También acompañé a un anciano no vidente que vivía solo. Nos esperaba cada sábado, porque éramos prácticamente su única visita. Compartíamos mate, conversación y silencios cargados de sentido. En esos encuentros sencillos comprendí cuánto bien puede hacer una presencia cercana y fiel.
Recuerdo además a una anciana que había superado varios tumores cancerígenos. Ella sostenía su lucha con una esperanza muy concreta: no quería morir sin ver en libertad a su hijo, que estaba detenido desde hacía años en el servicio penitenciario. Su deseo, su espera y su amor de madre me enseñaron la fuerza inmensa del vínculo y de la esperanza.
Durante la pandemia, en la Parroquia de Loreto, participé junto a un grupo de personas en la elaboración de pan y en la distribución de subsidios alimentarios. Allí experimenté de cerca el hambre de nuestro pueblo. No fue solo una ayuda material; fue compartir la angustia, la incertidumbre y, al mismo tiempo, la solidaridad que brota en los momentos más difíciles.
En Chepes, la experiencia pastoral fue profundamente transformadora. La fe sencilla del pueblo, su modo de vivir lo sacramental unido a la vida cotidiana, marcó mi corazón. Allí entendí que evangelizar no es solo predicar, sino caminar con la gente, compartir su historia y descubrir a Dios en lo simple.
Acompañé en el hospital a personas que se dializan cada semana, viéndolas conectadas a una máquina, pero sostenidas por la esperanza de seguir viviendo. También acompañé a madres que habían perdido a sus hijos, sosteniendo su dolor con la presencia y la oración. Y tuve la gracia de ayudar a bien morir a muchos ancianos, rezando junto a ellos y a sus familias, confiándolos a la misericordia de Dios.
Cada uno de estos momentos fue una verdadera escuela pastoral. En todos ellos descubrí que el sacerdote está llamado, ante todo, a estar: a acompañar, a escuchar y a hacer visible la ternura de Dios en medio del dolor y de la esperanza del pueblo.
- ¿Qué le pedís al Pueblo de Dios?
Si hoy tuviera que pedir algo, diría: volvamos a Cristo. La Iglesia tiene muchas dimensiones y desafíos, pero su centro es Cristo. Necesitamos una mirada cristocéntrica.
Volver a la fuente, volver al origen, volver al Señor. De Él brota todo. Sin su presencia, nada tiene sentido. Él se hace presente en la oración, en los sacramentos y en la caridad, especialmente hacia los más pobres en todas sus formas.
Mi pedido es simple y profundo: pongamos a Cristo en el centro de nuestra vida personal y comunitaria.
- Tu lema y su significado
Mi lema nace de una experiencia muy personal de misericordia. Está profundamente unido a la parábola del hijo pródigo (cf. Lc 15,20): “Cuando aún estaba lejos, salió a su encuentro y lo abrazó”.
En mi historia, es Dios quien sale a mi encuentro. A mis 39 años, miro mi vida —con sus fragilidades, errores y sufrimientos— y descubro que Él siempre me abrazó. No me llamó por mis méritos, sino por su amor.
Esa experiencia de haber sido abrazado por la misericordia es la que deseo vivir y transmitir. Si Él ha sido misericordioso conmigo, también yo quiero ser instrumento de su misericordia para el Pueblo que me confía.
- ¿Qué les dirías a los jóvenes?
Si tuviera que dirigirme hoy a los jóvenes, les diría: busquen aquello que los hace plenamente felices. No se queden solo con lo material o lo pasajero. Pregúntense qué los llena el corazón. No tengan miedo de buscar a Dios ni de decirle “sí”. La vida entregada, aunque tenga cruces, es una vida profundamente feliz.
- Agradecer
Finalmente, quiero agradecer a quienes fueron instrumentos de Dios en mi camino: a la Iglesia de La Rioja; a quienes me acompañaron en mis primeros pasos vocacionales; a mis formadores y directores espirituales; a los psicólogos que me ayudaron a crecer; a las comunidades donde serví; a mis compañeros de seminario; y, de manera muy especial, a mi familia, especialmente a mi madre, que siempre me sostuvo con su amor y su oración.
Mi historia vocacional es, ante todo, historia de la fidelidad de Dios. Y por eso, solo puedo decir: gracias, Señor.













