En Fortín Olmos, en el Norte Santafesino, llegaron en enero de 1960 tres sacerdotes miembros de la Fraternidad de los Hermanitos del Evangelio, más conocidos como Hermanitos de Foucauld, liderados por Arturo Paoli.

Nació en Italia en 1912 y durante la Segunda Guerra asistió a judíos perseguidos, como sacerdote siempre se inclinó por posiciones social y políticamente muy comprometidas, lo que le generó varias enemistades. Instalado en el monte santafesino, Paoli, gran movilizador de gente, frecuentemente viajaba a Buenos Aires, Santa Fe y otras ciudades para concientizar y hablar de la situación de amenaza del Bosque Chaqueño. Pudo así congregar militantes que vivían allí una fe más comprometida. Esta atracción de gente no estaba exenta de dificultades: producía tensiones la transitoriedad de la presencia de externos. El ideal de los Hermanitos de Foucauld era la reconciliación entre las partes, pero luego debieron tomar partido “precisamente en nombre del evangelio”, pues las condiciones eran de “total y absoluta esclavitud”, como testimonió el mismo Paoli. No fue la única experiencia que arrancó con ilusión pero que, al funcionar como enclave, no logró cabalmente el éxito buscado por carecer de condiciones contextuales y estructurales para crecer. Cercano a monseñor Angelelli, en 1971 participó de la creación de un noviciado en Suriyaco, La Rioja. Viajó a Venezuela y debido a amenazas recibidas, no regresó al país.
Arturo Paoli fue un sacerdote importante, inquieto y molesto, en una Iglesia en la que ya se veían los brotes del Concilio Vaticano II. Era de esas personas que por su fuerte testimonio suscitan reflexiones, personales y colectivas, acerca de lo que es ser sal y luz en el mundo. Se ha dicho que era optimista empedernido, no ingenuo sino optimista evangélico, y él mismo gustaba decir que el mundo debía ser “amorizado” o llenado de amor. Falleció en Italia en 2015.
El padre Roberto Queirolo compartió con el Padre Arturo cuando estuvo en La Rioja y en Brasil.
Aquí su testimonio:
Arturo estaba con una pequeña comunidad de novicios en el norte de La Rioja, en Surillaco. Allí habían, sobre las ruinas de un caserío, su apostolado es por el testimonio de vida. Y Arturo con otros estaban llamados a una vivencia sacerdotal más apostólica.
A Arturo lo conocí en un Encuentro Sacerdotal en Córdoba en donde él daba las meditaciones diarias. Después estuve con él 6 meses en Surillaco yo ya lo conocía por sus escritos, sabía que era un hombre profundamente evangélico, un hombre de Dios, me dijo que conmigo él se sentía mejor para conversar, para abrirse, que con los propios hermanos que estaban allí. Angelelli iba a visitarlo de tanto en tanto.
Después fue perseguido como a tantos que estaban con los pobres, en las barriadas. Era un hombre lleno de Dios, con un amor a Jesús muy grande y una tremenda humildad y espíritu de servicio














