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Monseñor Angelelli y el Pacto de las Catacumbas

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El Pacto de las Catacumbas es un documento redactado y firmado el 16 de noviembre de 1965 por unos treinta y nueve o cuarenta obispos de la Iglesia católica, la mayoría latinoamericanos, que se encontraban en ese momento participando de la cuarta sesión del Concilio Vaticano II. El documento fue firmado después de la eucaristía en la Catacumba de Domitila. El documento ha sido considerado como uno de los antecedentes de la teología de la liberación que aparecería en América Latina a partir de 1969. Uno de los firmantes fue el Beato Mártir Monseñor Angelelli

El Pacto

El Pacto tiene trece cláusulas por las cuales los firmantes se comprometen a llevar una vida sencilla y sin posesiones, «según el modo ordinario de nuestra población», rechazar los símbolos, títulos y privilegios de poder, no participar de agasajos ni banquetes organizados por los poderosos, transformar la “beneficencia” en «obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas», dando prioridad a los «pobres» y «personas y grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados», para impulsar el «advenimiento de otro orden social, nuevo, digno de los hijos del hombre y de los hijos de Dios».

Mediante el Pacto los firmantes se propusieron también llevar adelante una acción pastoral que constituya un «verdadero servicio», apoyada en cuatro principios: que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio; así “revisar nuestra vida”, animadores antes que jefes, humanos y acogedores y «abiertos a todos, sea cual sea su religión».

Texto del Pacto

Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros, en una iniciativa en que cada uno de nosotros quisiera evitar la excepcionalidad y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos de episcopado; contando sobre todo con la gracia y la fuerza de Nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo siguiente:

1) Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población, en lo que concierne a casa, alimentación, medios de locomoción y a todo lo que de ahí se sigue.

2) Renunciamos para siempre a la apariencia y a la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (tejidos ricos, colores llamativos, insignias de material precioso). Esos signos deben ser ciertamente evangélicos: ni oro ni plata.

3) No poseeremos inmuebles ni muebles, ni cuenta bancaria, etc. a nuestro nombre; y si fuera necesario tenerlos, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales caritativas.

4) Siempre que sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, en la perspectiva de ser menos administradores que pastores y apóstoles.

5) Rechazamos ser llamados, oralmente o por escrito, con nombres y títulos que signifiquen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos ser llamados con el nombre evangélico de Padre.

6) En nuestro comportamiento y en nuestras relaciones sociales evitaremos todo aquello que pueda parecer concesión de privilegios, prioridades o cualquier preferencia a los ricos y a los poderosos (ej: banquetes ofrecidos o aceptados, clases en los servicios religiosos).

7) Del mismo modo, evitaremos incentivar o lisonjear la vanidad de quien sea, con vistas a recompensar o a solicitar dádivas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a considerar sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social.

8) Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis. Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y los trabajadores compartiendo la vida y el trabajo.

9) Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus relaciones mutuas, procuraremos transformar las obras de “beneficencia” en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes.

10) Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, las estructuras y las instituciones sociales necesarias a la justicia, a la igualdad y al desarrollo armónico y total de todo el hombre en todos los hombres, y, así, al advenimiento de otro orden social, nuevo, digno de los hijos del hombre y de los hijos de Dios.

11) Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en estado de miseria física cultural y moral ―dos tercios de la humanidad― nos comprometemos a:

-participar, conforme a nuestros medios, en las inversiones urgentes de los episcopados de las naciones pobres;

-pedir juntos a nivel de los organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio como lo hizo el Papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen más naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan a las mayorías pobres salir de su miseria.

12) Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio; así:

-nos esforzaremos para “revisar nuestra vida” con ellos;

-buscaremos colaboradores que sean más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;

-procuraremos hacernos lo más humanamente presentes y ser acogedores;

-nos mostraremos abiertos a todos, sea cual sea su religión.

13) Cuando volvamos a nuestras diócesis, daremos a conocer a nuestros diocesanos nuestra resolución, rogándoles nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

Que Dios nos ayude a ser fieles.

Los obispos luego de firmar el Pacto de las Catacumbas

Firmantes

Los padres firmantes del Pacto mantuvieron en reserva su identidad con el fin de evitar que el mismo fuera tomado como una presión indebida o un acto de soberbia con respecto a los demás participantes del Concilio. Con los años se han conocido los nombres de los participantes, aunque existen pequeñas variantes según los testimonios.

Entre los firmantes del pacto que se han revelado se encuentran los siguientes

De Brasil

Dom Antônio Batista Fragoso, obispo de Crateús, Ceara

Dom Francisco Austregésilo de Mesquita Filho, obispo de Afogados da Ingazeira, Pernambuco

Dom João Batista da Mota e Albuquerque, arzobispo de Vitória

  1. Luiz Gonzaga Fernandes, que había de ser consagrado obispo auxiliar de Vitória

Dom Jorge Marcos de Oliveira, obispo de Santo André, São Paulo

Dom Helder Camara, obispo de Recife

Dom Henrique Hector Golland Trindade, OFM, arzobispo de Botucatu, São Paulo

Dom José Maria Pires, arzobispo de Paraíba

Dom Aloísio Leo Arlindo Lorscheider, OFM, arzobispo de Aparecida

Dom Cândido Rubens Padín, OSB, obispo de Lorena

De Colombia

Mons. Tulio Botero Salazar, arzobispo de Medellín

Mons. Antonio Medina Medina, obispo auxiliar de Medellín

Mons. Aníbal Muñoz Duque, obispo de Nueva Pamplona

Mons. Raúl Zambrano de Facatativá

Mons. Angelo Cuniberti, vicario apostólico de Florencia

Mons. Gerardo Valencia Cano, vicario apostólico de Buenaventura

De Argentina

Mons. Alberto Devoto, obispo de Goya

Mons. Vicente Faustino Zazpe, obispo de Rafaela

Mons. Juan José Iriarte, obispo de Reconquista

Mons. Enrique Angelelli, obispo auxiliar de Córdoba

De otros países de América Latina

Mons. Alfredo Viola, obispo de Salto, Uruguay

Mons. Marcelo Mendiharat, obispo auxiliar de Salto, Uruguay

Mons. Manuel Larraín Errázuriz, obispo de Talca, Chile

Mons. Marcos Gregorio McGrath, obispo de Santiago de Veraguas, más tarde arzobispo de la arquidiócesis de Panamá, Panamá

Mons. Leonidas Eduardo Proaño Villalba, obispo de Riobamba, Ecuador

Mons. Sergio Méndez Arceo, obispo de Cuernavaca, Morelos, México

De Francia

Mons. Guy Marie Riobé, obispo de Orleans

Mons. Gérard-Maurice Eugène Huyghe, obispo de Arras

Mons. Adrien Gand, obispo auxiliar de Lille

De otros países de Europa

Mons. Charles-Marie Himmer, obispo de Tournai, Bélgica

Mons. Rafael González Moralejo, obispo auxiliar de Valencia, España

Mons. Julius Angerhausen, obispo auxiliar de Essen, Alemania

Mons. Luigi Betazzi, obispo auxiliar de Bolonia, Italia

Mons. Hugo Aufderbeck, obispo auxiliar de Erfurt, Alemania

De África

Dom Bernard Yago, arzobispo de Abiyán, Costa de Marfil

Mons. Joseph Blomjous, obispo de Mwanza, Tanzania

Mons. Georges-Louis Mercier, obispo de Laghouat, Argelia

De Asia y América del Norte

Mons. Máximo V Hakim, arzobispo melquita de Acre, Israel

Mons. Grégoire Haddad, obispo melquita, auxiliar de Beirut, Líbano

Mons. Gérard Marie Coderre, obispo de Saint Jean de Quebec, Canadá

Mons. Charles Joseph van Melckebeke, de origen belga, obispo de Yinchuan, Ningxia, China