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Homilía de Monseñor Braida en la Misa del 24 de marzo de 2026

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«Nunca más» a la violencia de la dictadura y «Siempre más» a una democracia justa[1]

HOMILÍA misa conmemoración 24 de marzo de 1976 – Iglesia Catedral y Santuario San Nicolás de Bari, La Rioja. 24/03/2026

Textos bíblicos: Is. 32, 15-18; Fil  4, 6-9; Jn 14, 23-29

Queridos hermanos y hermanas:

¡Paz para ustedes, sus familias y comunidades!

     Conmemoramos en este día los 50 años del inicio de un tiempo oscuro de nuestra historia: la tragedia del terrorismo de Estado que se prolongó por siete largos años hasta el 10 de diciembre de 1983, cuando finalmente recuperamos la democracia[2]. Aquí en La Rioja afectó la vida de muchos ciudadanos y de modo particular de la Iglesia con la detención de muchos de sus hijos, hasta llegar a la muerte y desaparición de unos cuantos.

     Un mes antes de aquel 24 de marzo, ya habían sido detenidos el Padre Inestal, vicario general, y los jóvenes Rafael y Carlos, otros ya estaban presos desde el año anterior. Los acontecimientos nuevos llevaron a varios a partir al exilio y otros a padecer persecuciones. Finalmente se llegó hasta la muerte martirial de dos sacerdotes, Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville en Chamical, un laico Wenceslao Pedernera en Sañogasta y el mismo Obispo Enrique Angelelli en Punta de los Llanos.

     Esta hora de la historia nos convoca a hacer memoria para aprender del pasado y no cometer los mismos errores. Así nos lo dice el papa Francisco en la encíclica Fratelli Tutti, sabemos que “Es fácil hoy caer en la tentación de dar vuelta la página diciendo que ya hace tiempo que sucedió y que hay que mirar hacia adelante. ¡No, por Dios! Nunca se avanza sin memoria, no se evoluciona sin una memoria íntegra y luminosa. Necesitamos mantener «viva la llama de la conciencia colectiva, testificando a las generaciones venideras el horror de lo que sucedió» que despierta y preserva de esta manera el recuerdo de las víctimas, para que la conciencia humana se fortalezca cada vez más contra todo deseo de dominación y destrucción”[3]. Tengamos bien presente que mutilar la historia abre la puerta a la posibilidad de repetir los mismos errores. Hacer memoria, en cambio, nos permite comprometernos con los desafíos del presente y orientarnos hacia un futuro mejor. Que esta memoria sea íntegra y luminosa… [4]

      El libro de la Sabiduría que escuchamos nos enseña que la Paz es fruto de la Justicia y en el evangelio Jesús mismo se presenta como el dador de la Paz verdadera. Por eso nos invita a ira hacia Él en todo momento, al decirnos: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!”. Jesús da la paz a su pueblo desde la cercanía, desde la construcción de la comunidad, desde la atención a los pobres, desde la misericordia con el pecador y el perdón. Esa paz llega a nosotros a través del Espíritu Santo que se nos ha dado para que la recibamos y transmitamos a los demás, siempre.

      Al iniciar ese período triste de nuestra historia, mons. Angelelli, invitaba al pueblo a tener calma para transitar el momento presente sin perder la mirada de fe propia del creyente. En la homilía del 4 de abril de ese año decía: “Los acontecimientos que estamos viviendo en nuestra Patria, con tanta intensidad, nos reclaman que con serenidad y esperanza miremos el futuro. Es una exigencia cristiana. Más allá de los problemas que nos puedan afligir, está la seguridad de la presencia del Señor que teje la vida con nosotros. Por eso dije que sentimos la necesidad de vivir con mucha piedad y recogimiento esta Semana Santa. “El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar…” (Sal. 22) …[5]

      En la segunda lectura que escuchamos el apóstol Pablo nos hace un fuerte llamado a la oración y la confianza en Dios cuando los problemas nos abruman. Nos decía: “No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios. Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús.”

       Como en aquel tiempo, esta fecha que conmemoramos coincide con el tiempo de cuaresma. Por eso Mons. Angelelli invitaba a transitar ese momento de la historia con los ojos fijos en el Señor crucificado. Decía en la citada homilía: “Sepamos unir nuestros sufrimientos a la Cruz de Cristo para que se conviertan en purificadores y redentores. No perdamos la confianza en el Señor, que es Padre de todos. Sepamos descubrir todo lo bueno y positivo que hay en nosotros y en nuestros hermanos para ser muy solidarios y con valor cristiano y esperanza seguir construyendo todo aquello que nos haga verdaderamente felices. Soy consciente que no es fácil comprender y aceptar esta actitud; pero es la verdadera; la que aprendemos del Evangelio de Cristo. No permitamos que los rumores, la mentira y la desconfianza se nos meta en el corazón; esto nos hace daño… Pidamos mucho para que nuestra Patria sea una tierra de bendición y de paz. Pidamos mucho por nuestra Rioja para que superemos felizmente nuestros problemas.”[6]

         Que esta enseñanza nos ilumine también hoy al considerar las dificultades que nos tocan atravesar.

       Pero también esta hora de la historia, además de hacer memoria, nos convoca para ser creativos para afrontar los problemas de este tiempo con creatividad y decisión. Es aquí donde tenemos que honrar la democracia alentando una mayor participación ciudadana para edificar el bien común desterrando lo que podamos percibir de ambiciones egoístas que denigren la vida de los demás. Con los obispos de la Comisión Permanente del Episcopado decíamos hace unos días: “El sistema democrático se funda en una convivencia de hermanas y hermanos bajo el irrestricto respeto a la dignidad humana. Con sus ventajas y desafíos, la democracia siempre tendrá como axioma la custodia de la vida. Cualquier afrenta o violencia contra la dignidad de la persona es, en esencia, una agresión que destruye al sistema mismo. La democracia prohíbe rotundamente la eliminación del adversario, no admite el derramamiento de sangre y sustituye la lucha cuerpo a cuerpo por el debate cívico. Aquí es clave, entonces, una presencia inteligente y eficiente del Estado que vele por la dignidad de las personas, la igualdad de todos los ciudadanos y garantice su participación plena en la vida de la comunidad… en este sentido queremos decir con fuerza ‘ «Nunca más» a la violencia de la dictadura y «Siempre más» a una democracia justa.’”[7]

     La democracia tiene que acertar con su finalidad última que es el bien común, que es incluir a todos en el camino de la plenitud humana. El desarrollo humano integral es, hoy, el nuevo nombre de los derechos humanos. Un desarrollo que abarque a todos porque mientras una parte importante de nuestro pueblo sufre la miseria, ¿cómo podemos ser felices? La democracia se envilece cuando deja a alguien afuera, cuando no protege a niñas, niños, adolescentes y jóvenes de la amenaza del consumo problemático y el tráfico de personas. Una democracia justa no puede ser indiferente a las necesidades básicas de la canasta familiar y al deterioro creciente del trabajo digno. Más vida democrática significa, entonces, asumir el valor del trabajo como uno de los ejes centrales de la cuestión social, pues este no solo aporta dignidad, sino que permite que cada ciudadano «ponga el hombro» en la construcción de una patria de hermanas y hermanos. Cuando las instituciones democráticas favorecen la creación de trabajo digno para los adultos y aseguran una educación de calidad para niñas, niños, adolescentes y jóvenes, están llevando adelante, en definitiva, la mejor política de seguridad.[8]

Angelelli Inspirado en el Evangelio y a la luz del Concilio Vaticano II buscó promover una sociedad más justa y participativa en todos sus miembros. Él buscó por muchos caminos y modos alentar la comunión en la Iglesia y cultivar la dimensión del servicio en todos sus miembros para que vivan la dimensión social de la fe comprometiéndose en buscar soluciones a los problemas concretos de cada día y procurar la felicidad del pueblo.

Para ello promovió el diálogo al interior de la Iglesia, pero también en la sociedad ayudó a mirar en la Realidad los signos de los tiempos para descubrir allí el paso de Dios.

Queridos hermanos y hermanas: este camino es el que hoy tenemos que transitar para asumir los desafíos de este tiempo y ser transmisores de vida y esperanza. Esa esperanza que no quedará defraudada porque nace de Dios mismo.

Que este 24 de marzo nos anime a asumir esta hora de la historia que nos toca vivir apostando a la construcción de una sociedad más inclusiva y solidaria. Que se caracterice por el respeto de toda vida y de la dignidad humana. Que busque liberarse de todo palabra y actitud que agreda y que busque ofrecer lo mejor de cada uno.

Que el estar aquí, junto a la tumba de Mons. Angelelli, nos inspire la pasión para amar el tiempo que vivimos y comprometernos con él. Así sea.

[1] Ibid

[2] Cf. Galli, Durán, Liberti, Tavelli. LA VERDAD LOS HARA LIBRES. La Iglesia Católica en la espiral de violencia en la Argentina 1966-1983. Tomos 1-3

[3] Francisco. Fratelli Tutti N° 249.

[4] Mensaje de la Comisión Permanente de la CEA. Prot. CEA N° 30/2026

[5] Angelelli. Misa Radial 04 de abril de 1976.

[6] Angelelli. Misa Radial 04 de abril de 1976.

[7] Ibid

[8] Mensaje de la Comisión Permanente de la CEA. Prot. CEA N° 30/2026