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Cuatro vidas que cambiaron el mundo: la procesión que transformó el centro riojano

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Anoche, al término de la celebración litúrgica dentro de la Iglesia Catedral, el centro de la ciudad fue testigo de una manifestación pública de fe a través de la procesión realizada alrededor de la Plaza 25 de Mayo. El contexto exterior presentaba la fisonomía propia de los tiempos de vacaciones: una plaza de fiesta, colmada de feriantes, bandas tocando en vivo, turistas y familias capitalinas que recorrían el lugar en busca de distracción. Adentro del templo, el clima era de gozo, oración, y emotivo para recordar a Enrique Angelelli, Carlos de Dios Murias, Gabriel Longueville y Wenceslao Pedernera. Se trataba de dos realidades con aparentemente poco en común, pero que, una vez iniciada la marcha procesional, comenzaron a encontrar profundas líneas de conexión.

La procesión avanzó con un marcado espíritu de alegría. Sacerdotes, religiosas, diáconos y laicos unieron sus palmas, aplaudiendo cada paso dado en torno al paseo principal. La potente animación litúrgica del sacerdote Juan Manuel Gómez, quien guiaba la procesión y simultáneamente integraba el coro, fue captando de manera progresiva las miradas de los feriantes, de los turistas y de los transeúntes circunstanciales. La manifestación de fe copó el espacio público a tal punto que la música que animaba la feria comercial pasó por completo al silencio, abriendo paso a los cantos, los aplausos y el mensaje de los cuatro beatos mártires.

La procesión rodeó una plaza que, detrás del color de la feria, exhibe el rostro de una realidad social que duele. En los alrededores del paseo se perciben locales comerciales vacíos, cuyos propietarios optaron por finalizar la actividad afectados por la crisis económica, junto a feriantes que exhiben sus productos con la finalidad de combatir la situación y obtener un ingreso que les permita afrontar diversas situaciones.

Frente a este escenario, las palabras del cardenal Ángel Rossi en su homilía cobraron una vigencia directa en la realidad de la provincia: “En un mundo marcado por el individualismo, la indiferencia, la polarización, la Iglesia está llamada a actualizar el testimonio de este obispo, un mártir y sus compañeros. No podemos ser cristianos indiferentes ante el clamor de las periferias existenciales, de los nuevos desocupados, de los jóvenes atrapados en las adicciones, de las familias que no logran vivir con dignidad”.

En esa misma línea, el padre Juan Manuel Gómez exhortó desde los micrófonos a sintonizar con las Líneas Pastorales diocesanas: “Escuchar a Dios sin dejar de escuchar el clamor de nuestros hermanos, anunciar la buena noticia sin permanecer indiferentes ante el sufrimiento humano. Las líneas pastorales de nuestra diócesis también nos recuerdan que estamos llamados a ser una iglesia que sabe escuchar. Escuchar a Dios, escuchar al hermano, escuchar la realidad, escuchar especialmente a quienes tienen menos voz. Nuestros mártires hicieron del escuchar una verdadera actitud evangélica”.

El silencio que transformó la plaza

A medida que la marcha avanzaba, la actitud de la plaza cambió radicalmente. El bullicio inicial dio paso a un respeto absoluto. Los propios feriantes optaron por sentarse y adherir activamente al guion de la procesión a través de los rezos y los aplausos. En las confiterías y cafeterías de los alrededores, adolescentes, jóvenes y familias interrumpieron sus charlas para transformarse en testigos de esa profesión de fe.

El clima del lugar se modificó por completo, centrándose en la memoria de cuatro hombres que no vivieron su fe resguardados en las estructuras. Como recordó el cardenal Rossi en la Catedral: “Angelelli nos enseñó que la fe no se vive al abrigo de los templos, sino en la intemperie. Allí donde el pueblo sufre, sueña y lucha por su dignidad”. Remarcó que el Obispo conocía perfectamente el riesgo que corría tras los asesinatos de sus dirigidos, pero se mantuvo fiel: “No abandonó a su rebaño en medio de la tormenta. Como el buen pastor del que nos habla la Escritura, estuvo dispuesto a dar la vida… Tenía conciencia de su realidad. Decía: ‘No me voy a morir en la cama. Esto es como una espiral. Van golpeando alrededor mío, pero al centro estoy yo. Y cuando me busquen, yo voy a estar’”.

Hacia el final de la noche, la fisonomía espiritual del centro riojano se había transformado a través del testimonio de entrega y amor de los beatos.

La procesión cerró como un signo visible de la Iglesia diocesana orante y en salida. En palabras finales del padre Juan Manuel, cada paso se transformó en una oración colectiva y en el compromiso de «anunciar con alegría que Cristo vive… el mismo que siguieron los mártires en su tiempo y que hoy también seguís vos caminando con nosotros». Cuatro personas que, entregándolo todo, cambiaron el mundo para siempre y continúan vigentes como un faro de dignidad.