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Hermanas Claudia y Jova consagraron su vida a Dios como Hijas de María Inmaculada

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La Hna. Claudia y la Hna. Jova consagraron su vida a Dios como Hijas de María Inmaculada, en el Instituto Secular Cenáculo de María, de aprobación diocesana. La celebración tuvo lugar el domingo 15 de marzo pasado, en la capilla Sagrado Corazón de Jesús y fue presidida por el obispo Dante Braida, en el marco de un encuentro diocesano de vida consagrada femenina.

El Instituto Secular Cenáculo de María Inmaculada fue fundado en el año 2000 por el padre Julián Alonso Álamo y lleva veinticinco años de presencia en la diócesis. Está conformado por once hermanas que viven en distintos puntos de la provincia, en comunión con el caminar diocesano, y que profesan los consejos evangélicos de pobreza, obediencia y castidad.

La celebración comenzó alrededor del mediodía, en un clima de profundo recogimiento. Las hermanas Claudia y Jova, acompañadas por la hermana María Julia, moderadora del Instituto, junto a las demás hermanas del Cenáculo y representantes de la vida religiosa femenina de la diócesis, aguardaban con emoción el inicio del rito que sellaría un “sí” definitivo. Como expresó una de ellas: “Un sí que a veces tarda, pero llega cuando el Señor quiere”.

La Eucaristía fue presidida por monseñor Braida y concelebrada por el padre Sergio, quien en la homilía valoró la entrega generosa de las hermanas y las animó a cuidar su vocación laical consagrada.

Dirigiéndose a todas las consagradas presentes, el obispo expresó: “Tenemos en común la vida consagrada, la entrega de la vida a Jesús marcada por un vínculo esponsal, una entrega sin condiciones”, y destacó que ese vínculo es un don de Dios “para vivirlo en comunidad y en comunión con las líneas pastorales”.

Asimismo, recordó que “vale la pena estar unidos a Él”, subrayando que la vida consagrada está llamada a ayudar a que otros se encuentren con Jesús, para que Él brille en cada persona. Este llamado se vincula con el carisma propio de las Hijas de María Inmaculada, quienes ofrecen su vida en oración por los sacerdotes y consagrados, trabajan por acercar a quienes están alejados y rezan por la paz en el mundo.

Luego de la homilía tuvo lugar el rito de la Profesión Perpetua. Claudia y Jova manifestaron públicamente su decisión de seguir a Cristo según este carisma, realizando sus votos de obediencia, pobreza y castidad ante Dios, el obispo y la comunidad. Posteriormente, recibieron las alianzas, signo del vínculo esponsal con Cristo, como expresión de una entrega total: “para vivir como Hijas de María Inmaculada, en nupcias eternas”.

Ambas hermanas han recorrido distintos caminos y etapas de vida, llegando a este momento con una fe madura y un “sí” que se fue gestando con el tiempo.

La hermana Jova comparte que su vocación estuvo presente “desde muy chica” y que, luego de 23 años en una congregación religiosa, hoy vive su consagración en su comunidad de origen, en su tierra natal. Sus días transcurren entre el servicio parroquial, la oración y la contemplación: “Me gusta contemplar —expresa—. Me imagino que Jesús baja del cerro y me abraza. Y seguramente me abraza. Por eso puedo sostener la vocación”.

Por su parte, ambas coinciden en que vivir la vocación consagrada en el mundo, como laicas, implica un desafío profundo. “Estamos en el mundo, pero no somos del mundo”, explica Claudia, quien describe su camino como una entrega cotidiana: “morir a una misma para aceptar lo que quiere el Señor”.

Claudia destaca que su “sí” se renueva en lo simple de cada día, buscando hacer la voluntad de Dios: “confiando y escuchando el ‘no teman’ que tantas veces nos dice Jesús en el Evangelio”.

Las Hijas de María Inmaculada viven su vocación en la oración y el ofrecimiento, desarrollando distintos apostolados según su carisma y talentos personales. No viven en comunidad, sino en sus propios hogares, solas o con sus familias, y desempeñan trabajos en la vida cotidiana, donde encarnan y renuevan día a día su consagración.

De este modo, su vida se convierte en un signo silencioso y fecundo: estar en el mundo, sin ser del mundo, siendo presencia de Dios en medio del pueblo.